“Perder es morir, ganar es sentir”

No recuerdo cuando fui consciente por primera vez de que mi manera de sentirme viva y de disfrutar tanto de la soledad, como de la compañía, era en el monte.

Siempre he creído que la montaña une a la personas, crea vínculos infranqueables e intensifica todos los sentimientos: alegría, orgullo,  miedo, pasión, cansancio, debilidad, superación,… La montaña te pone al filo de todos ellos, te lleva al límite, te desafía y luego, cuando llegas a su techo, cuando respiras ese aire helador, cuando contemplas la lluvia desde una furgoneta o te resguardas del sol en el bosque en pleno verano piensas,… ¿qué sería de mi sin todo esto?, ¿qué otra cosa puede crear tantos sentimientos?

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Cima del Moncayo (verano 2014)

Hace tiempo que decidí poner en práctica lo de “más vale tarde que nunca” y aprender a esquiar para poder conocer otra cara de la montaña. Mi objetivo no tenía nada que ver con ir a pistas y empezar a dar vueltas “modo hámster” porque para mí una pista de esquí es lo más parecido a Puerto Venecia que existe en el monte y sinceramente, a mí no me aporta nada. Mi empeño era aprender a practicar esquí de travesía para poder llegar donde solo llegan los que verdaderamente buscan una conexión entre el deporte y la montaña o el esfuerzo y la recompensa.

Por esto me puse manos a la obra y creo que no recuerdo haberme sentido jamás tan torpe como la primera vez que vi mis pies dentro esas botas pesadísimas y atados a dos tablas. Poco a poco, y después de días de rozaduras, frío y mucha paciencia por parte de aquellos que me acompañaban en mi aventura (millones de gracias por vuestra paciencia Dani, David, Carlos, Bea’s, Anayet y demás) parece que voy consiguiendo pasar un poquito más de tiempo en posición vertical que horizontal y disfrutar, disfrutar mucho,…así que muchísimas gracias por la paciencia, la espera y los ánimos porque van dando sus frutos.

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Foto: Daniel Mur 

Siempre asocie la nieve al frío, pero el fin de semana pasado redescubrí eso de que la naturaleza es impredecible. Calor de verano en pleno enero y mucha dificultad para encontrar una ruta con nieve en buenas condiciones.

Como suele ser costumbre, pusimos rumbo Pirineo el viernes por la tarde Dani, Yaiza, Raquel y yo y plantamos campo base en Campo. Desde allí, nos desplazamos tanto el sábado como el domingo hasta Cerler para ascender hasta nuestros objetivos.

El primer día, el destino era el Pico Gallinero (2728 m). Puesto que Raquel no se calzaba unos esquís desde hace seis años, decidimos subir hasta el pico por las pistas de la estación de esquí de Cerler. Yo llevo desde septiembre preparando oposiciones y paso demasiadas horas con el culo pegado a la silla, así que esperaba pegarme los dos días descolgada del grupo, pero sorprendentemente, la genética García salió a relucir. Creo que llevaba tanto tiempo queriendo volver a ver la nieve, poner la mente en blanco, sentir el cansancio físico y no mental, que mi cuerpo hubiera subido todo lo que le hubieran echao.

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Raquel, Yaiza y yo ascendiendo al pico Gallinero.

 

Llegamos al final de las pistas, dejamos los esquís a un lado y subimos por una cresta hasta la cima del pico Gallinero. Desde allí, unas vistas que marcar a fuego en la memoria para anestesiar todas las horas que se me vienen encima de estudio a la luz del flexo,…el Aneto, las Maladetas, el Turbón,…un lujo y un privilegio el estar allí.

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Cima pico Gallinero

El descenso fue como sumergirnos en un Grand Prix de los buenos,…de los de Ramón García en pleno esplendor. Descendimos sin problemas de la cima hasta los esquís con piolet en mano y nos calzamos los esquís de nuevo. Dani le dio unas indicaciones básicas a Raquel para que pudiera comenzar a descender encadenando giros y nos pusimos manos a la obra. “Raquel sin miedo” en un ataque de valentía debió de pensar que lo de esquiar es algo que deben de hacer los esquís por si mismos porque se lanzó cuesta abajo y sin frenos y nos dejó a todos con la boca abierta cuando paso como un zepelín por nuestro lado y aterrizó esperpénticamente a centímetros de un chico. Así empezó la historia de terroríficas desdichas por la que todos los que hemos intentado aprender a esquiar hemos pasado alguna vez en nuestra vida. De repente en nuestra cabeza se instala la canción “El rey” de Vicente Fernandez  y comenzamos a “Rodaaaaaar y rodaaaaaar, rodaaaaaaar y rodaaaaaar” y ya está, no hay más que hacer. La pobre Raquel termino poniéndose los crampones y bajando a pata porque cerraron pistas, nos quedábamos sin luz y las maquinas empezaron a acorralarnos por delante y por detrás.

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Descenso del pico Gallinero (Foto: Daniel Mur)

Dani, Yaiza y yo bajamos aprovechando para practicar por la nieve recién pisada. La nieve empezaba a hacerse costra y cada vez era un poco más difícil aguantar el tipo, pero hasta a Dani se le escapo algún halago, así que la cosa debe de estar empezando a coger buen color.

Para no faltar a las buenas costumbres, en la última cuesta aterricé en una estrambolica “caída gilipollas”. Pero hasta Dani hizo un aterrizaje forzoso ese día, así que se me disculpa.

Nuestro segundo día pusimos rumbo al pico Estiba Freda (2701 m) tratando de evitar el volver a tener que ir a pistas. Yo ya había recorrido la sierra negra sin nieve hace 5 años cuando corone mis primeros tresmiles, Culebras y Vallibierna (Os pongo aquí un enlace a la crónica que escribió Dani de ese día) y por eso le tengo un especial cariño a esta ruta. Aparcamos el coche en la entrada de la pista que lleva a la cabaña de Ardonés y esto supuso tragarnos cuatro kilómetros de ida y otros cuatro de vuelta del coche a la cabaña.

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Ascenso al Estiba Freda 

Raquel realizó la ruta con raquetas pero tanto Dani como Yaiza y yo llevábamos esquís. La subida fue sencilla aunque a partir de la cabaña de Ardonés tuvimos que poner cuchillas porque había zonas de nieve costra.  Yo siempre he tenido muchos problemas con las botas de esquí porque tengo los gemelos como los de los andarines que pasan por mi pueblo haciendo la calcenada y llevan toda su vida andando. La lengüeta de la bota me va golpeando poco a poco en la espinilla convirtiéndose en un dolor soportable el primer día de travesía y en una tortura horrorosa el segundo, así que a doscientros metros de desnivel para llegar a la cima, con la espinilla morada y la mala leche que me caracteriza cuando no puedo conseguir lo que quiero, tuve que plantarme y mandarle recuerdos al Estiba Freda desde lejos.

Raquel se quedó conmigo porque estaba muy cansada y pasamos una hora charrando, devorando chuches, chocolate y todo lo que pillamos. Yo aproveche para tomar un rato el sol en top porque verdaderamente, hacía un calor de la leche, soy propensa al postureo montañero y eso de “Libres domingos, domingas y domingueros” venía al pelo.

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El descenso fue un poco mejor que el ascenso, pero yo no estaba muy fina. Iba cansada y enfadada por no haber podido subir, así que disfrute viendo al resto disfrutar pero entre mis rozaduras y los cuatro kilómetros de remada para llegar al coche, podéis imaginaos el percal.

La conclusión es la de siempre, vuelves a tu casa y ya no hay rastro de cansancio o dolor, solo el sentimiento de agradecimiento de tu cuerpo hacia ti por haber movido el culo de la silla y la sensación de que a la mente le has quitado un peso de encima.

La montaña siempre gana, siempre prevalece ahí cuando tú te marchas esperando a que regreses o a que no lo hagas jamás, esperando a que otros recorran sus curvas al día siguiente o millones de años después.

Somos pocos, pero cada vez más, los que tenemos el privilegio de haber ligado nuestra vida a esos gigantes de piedra que tan pronto nos dan la vida como nos la arrebatan y es que, como dice Kilian Jornet:

“Perder es morir, ganar es sentir”

 

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6 thoughts on ““Perder es morir, ganar es sentir”

  1. Clara!, yo encantado de haber compartido experiencias montañeras contigo, y espero que haya más!.

    Respecto a las rozaduras, te entiendo, yo también sufrí mucho con las primera botas y terminaba los fines de semana con las espinillas y los tobillos en carne viva. Al final tomé la determinación de venderlas y patear tiendas hasta que encontré unas cuya horma se me adaptaba. A partir de ese momento comencé a disfrutar del esquí de montaña de verdad.
    Espero que puedas resolver ese problema, te recomiendo que lo hagas cuanto antes.

    Si tu crees que has empezado tarde con esto de la travesía, no te quiero contar cuando empecé yo, que en el cursillo casi me hicieron descuento de tercera edad!, así que sigue insistiendo porque te quedan muuuuchos mantos blancos que recorrer, muchas zetas que trazar y muchos paisajes para asombrarte.

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